Archipiélago de San Blas

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¿Alguna vez habéis soñado con estar en el paraíso?. Yo si, y creo que que por fin lo he encontrado!… esta en el Panamá!, en el Archipiélago de San Blas.  Sol, playas de arena blanca, palmeras, cocos, aguas transparentes de color turquesa ¿que más se puede pedir?

El archipiélago formado por las islas de San Blas en el Caribe panameño  en la comarca de Kuna Yala, es un collar de islas coralinas que se ha convertido en uno de los destinos de eco-turismo más populares en la región de Centroamérica y el Caribe.

El archipiélago es una colección de unas 365 islas, donde se puede nadar y practicar snorkel. Las islas han sido formadas por acumulación de coral, están cubiertas de palmeras que se encuentran en aguas indescriptiblemente hermosas, no hay animales salvajes peligrosos y el clima tropical es perfecto.

 La impresión al llegar es increíble, la sensación de haber viajado en el tiempo, la sorpresa de ver como los indios Kunas que habitan este archipiélago han mantenido intactas sus tradiciones y forma de vida durante siglos, y la oportunidad de compartir y descubrir sus costumbres, sus tradiciones y su sencilla forma de vida.
La población autóctona se concentra principalmente en las islas más grandes, sobre todo las que están cerca de El Porvenir, capital de la región, y continúa subsistiendo humildemente de la pesca, la tradicional fuente de ingresos de los kunas. El resto de las islas están deshabitadas o cuentan con algunas cabañas para turistas, que en los últimos años han ido desplazando a la pesca como la principal fuente de ingresos de la región.

Estos islotes destinados al turismo siguen contando con una infraestructura muy básica: cabañas de madera, baños compartidos y electricidad limitada generada por un motor diésel. Es el precio que hay que pagar para disfrutar de un paraíso casi virgen, ya que los kunas han prohibido que se instalen en las islas complejos hoteleros o cadenas internacionales y ellos mismos gestionan la incipiente industria turística. Casi todos los alojamientos en las islas de San Blas son muy básicos.

La excursión a San Blas comenzó a las 6 de la mañana cuando vino a buscarme al hotel de Ciudad de Panamá un todoterreno para llevarnos hasta Cartí, desde donde parten las barcas al archipiélago. Se tardan unas dos horas y media en atravesar el istmo de Panamá desde el Pacífico hasta el Caribe a través de una preciosa carretera de montaña, aunque repleta de curvas y pronunciadas pendientes.

Es imprescindible llevar el pasaporte porque hay que mostrarlo a las autoridades kunas al entrar en la región de San Blas y es que se toman muy en serio eso del autogobierno. Además, en el puesto fronterizo hay que abonar un impuesto turístico de 20 dólares destinado al desarrollo de la región.

Es muy curiosa la bandera que luce en el puesto fronterizo porque tiene los mismos colores que la bandera de España, pero con una esvástica en medio y parece la de los Ultras Sur u otro grupúsculo fascista. En realidad se trata de la bandera de la revolución kuna de 1925, que logró el autogobierno para la región tras un enfrentamiento contra las autoridades panameñas. La esvástica, evidentemente, nada tiene que ver con los nazis y, según dicen los kunas, simboliza la creación del mundo.

Al llegar al embarcadero de Cartí tuvimos que abonar otro impuesto turístico de dos dólares y allí ya nos estaba esperando la barca, que nos llevó a Isla Franklin. Por el camino pasamos junto a varias islas habitadas por los kunas, en las que se divisan sus tradicionales casas de madera.

Isla Franklin es un minúscula y realmente es como sacada de la imaginación de todo el que piense en una isla de naúfragos: muchas palmeras cocoteras, cabañas tradicionales de los kuna, arena blanca, aguas cristalinas y pececitos aquí y allá. No hay cobertura telefónica y la electricidad se limita a una bombilla por cabaña que se apaga a las diez de la noche cuando apagan el generador. En cinco minutos se puede rodear fácilmente todo el perímetro de la isla, así que no hay mucho que explorar. Leer, tumbarse al sol, nadar o hacer snorkel son las actividades más intensas que se pueden hacer aquí, pura relajación.

Con el alojamiento están incluidas todas las comidas están incluidas  (desayuno, comida y cena) de acuerdo a los días que decidas quedarte en la isla, en mi caso yo decidí quedarme 2 días en la isla, con lo que tenia incluido  2 desayunos, 3 comidas y 2 cenas. Para anunciar los horarios de comida se hace a través de un peculiar sonido: uno de los indígenas sopla a través de una concha gigante y ese sonido indica a los pocos habitantes de la isla que la comida está lista. Suele ser arroz, lentejas o vegetales con pescado, pollo o carne preparados de forma sencilla pero deliciosa. Opcionalmente los kunas también te pueden prepararte una langosta recién pescada, pero el precio es aparte con lo que tendrás que pagar un adicional. Obviamente no es suficiente comida por lo que recomiendo llevéis unas neveras con hielo, bebidas y algún snack como galletas, frutas, papas, pan, jamón y queso.

Algo que me dejó un poco pensante fue la peligrosidad de los cocos. De hecho, la primera noche estaba saliendo de la cabaña donde estaban los kunas viendo la televisión y me cayó justo al lado un coco, haciendo un ruido muy fuerte. Estoy seguro que si me hubiera caído en la cabeza me hubiera matado. Se suele decir que mueren más personas por golpes de cocos que por rayos. Qué miedo!

De noche siempre suelen formarse alguna hoguerita o pequeños grupos en la playa que charlan y toman algo que trajeron. Es un momento ideal para compartir experiencia de viaje y conocer a gente de todo el mundo.

Al día siguiente nos llevaron a Isla Perro, una de las más famosas del archipiélago, porque frente a su costa hay un barco hundido a pocos metros de profundidad, de hecho una parte del pecio sobresale del agua y se puede ver desde la superficie. Los corales y los peces de colores habitan en los recovecos de este barco hundido, que se puede recorrer con el equipo de snorkel. Terminamos la tarde tomando unas cervezas en otra de las islas y disfrutando de las vistas hasta que empezó a ponerse el sol.

Al atardecer regresamos a Isla Franklin para cenar y, cuando se apagó el motor que genera la electricidad, disfrutamos de una relajante noche con el sonido de las olas del mar como única melodía de fondo. Contemplar el cielo estrellado sin apenas contaminación lumínica es otro espectáculo que ofrecen estas islas.

En definitiva, las islas San Blas son un lugar paradisíaco para relajarse y sentir en mar, en viento y la naturaleza en un entorno único. Sin duda, uno de los mejores destinos de playa a los que he ido en todo el mundo.

 

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